lunes, 22 de junio de 2009

Aquellos maravillosos años...

El pasado viernes fue mi Graduación, la ceremonia que ponía el broche final a cinco años de carrera; de recuerdos y anécdotas con aroma a la universidad que me ha tocado vivir y que ha marcado con fuerza la última etapa de mi vida. En efecto ya podemos afirmar que estoy graduado. Y aunque a día de hoy no sé si licenciado (todavía me restan cuatro notas por saber), lo cierto es que me resulta inevitable sentir que todo se ha terminado ya; que el vacío que me puede en estos momentos se debe a que la facultad de Ciencias de la Información de la Complutense forma parte, al fin, de mi pasado como estudiante.
Y curiosamente el año que viene volveré a dejarme caer por allí, para hacer un Máster que me permita doctorarme, cumplir ese sueño que siempre albergué latente en mi interior y que quizás, quién sabe, si termino siendo profesor algún día gracias a ello, acabe ligándome para siempre a este querido edificio de hormigón que ha sido mi casa durante este último lustro. Pero aún con todo eso, el vacío persiste. Parece que algo se acabó para siempre y ya no va a volver. Qué le vamos a hacer. La historia se escribe con montones de ciclos que empiezan y terminan tarde o temprano y la hora final de éste se produjo con la simbólica fiesta del viernes. Una nueva etapa irrumpe ahora con fuerza en mi vida. Se avecina un futuro de incertidumbre y dudas, pero lleno de alicientes y sueños que afronto con la prematura melancolía que me produce abandonar los apuntes y sus exámenes después de tanto tiempo, con la única certeza de que al menos oficialmente ya soy periodista y con la convicción, eso sí, de que lo mejor aún está por llegar.
Por ello, tras un periodo de larga inactividad en mi blog quería retomar hoy mi particular producción escribiendo a modo de homenaje una serie de posts que hicieran balance sobre todo este tiempo de vivencias en la facultad. Los titulo así porque efectivamente han sido unos años maravillosos. En la universidad he conocido la auténtica amistad, la que responde por ti sin preguntar nada a cambio; el compañerismo sincero, sólo posible con las personas que de verdad te valoran por lo que eres y que te quieren ayudar a ser lo que todavía no eres; el verdadero amor, aquel que te golpea de casualidad cuando menos te lo esperas y no se quiere separar de ti ni en la distancia ni en el olvido, dejándote huella para siempre. Por otra parte, también he constatado lo peor de la gente: la maldad en todas sus acepciones, la falta de educación, el egoísmo y la competitividad exagerada hasta sus máximos límites, que son la envidia y el engaño. Y es que evidentemente no todo son buenos recuerdos, pero esa concepción vitalista de la existencia que hice mía tras leer a Nietzsche en estos años maravillosos me hace valorar todas esas contradicciones como parte indisoluble de mi periodo universitario; sin duda, el más importante de mi corta vida.
Y para empezar con esta retrospectiva tan intimista sobre mi carrera, he pensado que lo más apropiado era iniciar mis reflexiones hablando precisamente de la Graduación, la culminación de esta pequeña novela de cinco episodios que se ha ido gestando en el Campus de la Complutense capítulo a capítulo, asignatura por asignatura, desde que llegase a él allá por octubre de 2004.
Cinco años después, el mismo día que tuve mi último examen, llegó la citada ceremonia. Lo primero que quisiera comentar es que a mí personalmente me hubiera gustado que se hubiese celebrado de otra manera, no lo voy a negar. Era un acto para reunir a toda la promoción de la carrera, por muy utópico que suene pretenderlo. Que realmente era imposible congregar a tanta gente en el edificio de la facultad, el lugar donde yo quería festejar la gala, tampoco lo voy a dejar de reconocer. Pero en cualquier caso, sabiendo las limitaciones que existían de antemano, lo que sí tenía claro es que deseaba algo así. Hablé con gente que me dijo que pasaba del tema, bien por no mostrarse partidaria de este tipo de formalidades, bien por no considerarla una celebración que tuviera algún sentido. Pues bien: para mí sí lo tiene. Me parece algo fundamental que todos los universitarios deberían vivir. No escondo que soy posiblemente un fetichista contumaz con este tipo de cosas, pero todas esas experiencias: las fotos de la Orla, los viajes de ecuador y fin de carrera, la propia Graduación... son actos que se quedan grabados en la memoria para siempre y que pertenecen a esa idiosincrasia tan especial de ser universitario, al mismo nivel que las clases o los pinchos de tortilla de la cafetería. Nadie que hace una carrera se los debería perder y a mí particularmente me hacía mucha ilusión realizar una cosa así para mis padres (los que me han costeado todo esto y tanto me han apoyado en los momentos difíciles), rodeado de gente con la que he convivido tantos años y que simboliza en modo alguno la culminación a tanto esfuerzo durante estos cinco años. La Graduación sirve para sentir con más claridad que has llegado al final de un ciclo y que lo cierras, aunque sea a partir de algo tan trivial como que un profesor te coloque una banda sobre los hombros con el escudo de tu universidad. Respeto que haya gente a la que no le guste o personas para las que no signifique nada y hasta comprendo que en el fondo tanta parafernalia pueda parecer un simple paripé, pero no deja de ser un bonito reconocimiento entre compañeros y familiares que me seguirá pareciendo necesario.
Dicho esto, el acto estuvo muy bien por otra parte. Las personas que tantas ganas le pusieron a la organización del evento se merecen un nuevo aplauso de los presentes y mi enésimo agradecimiento. Consiguieron crear una gala al mismo tiempo emotiva, divertida y solemne. Hubo de todo; desde el humor más bien traído hasta las reflexiones con más calado. Tuvo la duración correcta y nada sobró, salvo que quizás el vídeo con las fotos de los alumnos duró el doble de lo que muchos esperábamos.
Los profesores y el periodista invitado fueron otro dato determinante. Sus discursos, todos ellos diferentes entre sí pero con el mismo sentido de cordialidad, respeto y cariño, fueron espléndidos. En algún caso particular me sentía como si estuviese ante la última clase de la carrera, la lección más importante e influyente ante mi futuro profesional. Las siete intervenciones fueron charlas magistrales. Unas hablaban de anécdotas e historias personales; otras citaron a Homero y a grandes periodistas de la historia. Pero todas sin excepción aportaron algo: la ilusión y el ánimo para una generación de periodistas, la de nuestra promoción, que todos coincidieron en señalar que tiene muchas cosas que aportar a la mejor profesión del mundo. Y esto último no es algo que diga yo, sino el gran Gabriel García Márquez, citado en uno de los turnos de palabra.
Y finalmente, más allá del desarrollo del acto y otros pequeños matices menos interesantes o concretos, lo que sí me gustaría destacar fue lo que sentí al recibir mi beca; el momento más trascendente de esas casi tres horas de emoción contenida. A lo largo de la gala hice un par de comentarios a la gente que tenía cerca en las butacas refiriéndome a que me encontraba como si en la ceremonia de entrega de unos premios se tratase. Pues bien, el instante en el que escuché mi nombre y subí al escenario a recibir mi condecoración fue como ganar un Oscar. Sabía que a mis padres y a mi hermano esa imagen de chico delgaducho y timidote estrechando la mano de los asistentes les estaba haciendo felices. Pero yo me sentía aún más orgulloso de ellos si cabe que de mí mismo. Es una satisfacción enorme delante de tanta gente ser abrazado por unos profesores que te aprecian o saludado por otros que te respetan, según el caso. Y lo es más bajar con esa banda sobre los hombros y buscar la mirada cómplice de las personas que te quieren, familiares y amigos. Por sólo esos breves minutos de magia, la fiesta tuvo sentido. El sentido de sentarme en mi asiento, respirar hondo con el jaleo de fondo del auditorio y darme cuenta de que acababa de cumplir con una de las mayores aspiraciones de mi vida: terminar una carrera. Los abrazos de después, las pocas fotos que me llevo de recuerdo y la juerga de por la noche son simples sabores que aderezan este delicioso pastel con el que di por finalizada mi particular andadura por la universidad. Continuará...

viernes, 20 de marzo de 2009

Con la iglesia hemos topado

Con la iglesia hemos topado. Eso dice el dicho y eso pienso yo cada vez que la "Santa Institución" abre la boca. Ya lo hago por inercia, estupefacción; estupor. Nunca dejan de sorprenderme; entenderlos debe ser cuestión de fe. Esta semana que se acaba, dos son las noticias con las que me he quedado perplejo ante la manera que tiene de obrar la Casa del Señor. La primera de ellas no es otra que la última campaña de la Conferencia Episcopal en nuestro país contra el aborto. En el cartel del anuncio puede verse a un bebé y a un cachorro de lince a su lado, y sobre el felino semi-impresionado un eslogan que reza: "lince: protegido". El título de la imagen es inequívoco: "¿y yo?... ¡Protege mi vida!". Ciertamente un juego de palabras de una ironía tan deslumbrante como la gracia del Espíritu Santo. Y doblemente demagógico. En primer lugar porque la Ley del Aborto no persigue dejar de proteger la vida, sino que precisamente uno de sus apartados valida que a las mujeres embarazadas cuya vida o la del feto pudieran correr peligro se les permita legalmente interrumpir la gestación. Y en segundo lugar porque el aborto tiene estipulado un periodo de tiempo límite para su ejecución, con una fecha tope fijada en las 14-22 semanas de embarazo. Así que si el bebé protagonista de la campaña es un aborto, como dice un colega mío con mucho sentido del humor, está bastante "crecidito". Por otra parte, recientemente hemos sabido además que el lince que aparece ni siquiera es ibérico, sino euroasiático, así que quizás tengamos que sospechar que la Conferencia Episcopal no tiene muy buen servicio de documentación si lo que pretendía era atacar la conciencia de la sociedad española con una de las especies más amenazadas que tenemos en nuestro territorio. Habrá que actualizar las Sagradas Escrituras.
La segunda noticia tiene que ver con las últimas palabras del Papa Benedicto XVI el pasado martes sobre el uso del preservativo, que según él "agrava el problema del sida". Palabra de Dios, te rogamos óyenos. Lo más sorprendente de esta historia no es la desagradable contumacia de la iglesia con su aversión por el uso del condón, ni siquiera su radical contradicción con la última campaña anti-aborto-pro-vida de los obispos españoles que mencionaba antes. Lo más triste es que el máximo responsable de la iglesia católica pronunciara esas palabra precisamente en África, un continente asolado por el sida; una enfermedad que según Reuters ha causado la muerte allí a más de 25 millones de personas desde 1980 y de la que una población estimada de 22,5 millones son actualmente portadores del virus. Y nos propone Ratzinger como solución "una humanización de la sexualidad" y "una amistad sincera entre la gente". Amén...

viernes, 13 de febrero de 2009

Crónica de un concierto esperado

Escribo estas líneas todavía con una sonrisa como una rodaja de sandía. Ayer asistí al concierto que llevaba no meses, sino incluso me atrevería a decir que años esperando. En 2005 fue la primera vez que los vi actuar en directo y la experiencia, aunque especial, me supo a poco. Por eso tenía tantas esperanzas e ilusiones puestas en la reunión de ayer. Cogí el autobús por la tarde con esos nervios revoltosos que a todos alguna vez se nos han manifestado en el estómago; esos nervios que aparecen antes de la primera cita con la chica que te gusta o antes de realizar un viaje que llevas semanas organizando. Era ese ligero nerviosismo que no molesta y que gusta al fin y al cabo. Tras un largo periodo de espera de nuevo me dirigía a ver actuar a mi grupo. A Oasis.
La tarde-noche de ayer fue una delicia. Me gustaría aprovechar ahora para agradecer a Gonzalo y a sus amigos el trato que me prestaron y lo agradables que fueron en todo momento conmigo. Cuando antes de algo tan importante como el concierto de tu banda de rock favorita, las cervezas se toman en tan buena compañía, no puedes pedir más. No sé cuántas cayeron, tal vez tres o cuatro jarras de las grandes; pero esas horas previas entre risas y anécdotas estuvieron a la altura del espectáculo que nos dieron luego los Gallagher, como siempre espectaculares.
Y es que el concierto de ayer de Oasis fue una pasada. Mucho más vistoso que el de hace un poco más de tres años. Era el mismo escenario, el Palacio de los Deportes, pero parecía un mundo completamente diferente. Mientras que en noviembre de 2005 la austeridad era la nota predominante, en la velada de ayer grandes pantallas con primeros planos de los integrantes del grupo y con imágenes promocionales de sus discos llamaban poderosamente la atención iluminando de todo tipo de colores a la multitud del recinto madrileño. Se respiraba una atmósfera mucho más mágica que en su última visita a la capital, un "rollo Oasis" por los cuatro costados gracias también a la mayor afluencia de público, que había agotado las entradas hace un par de meses y que llenó el pabellón con aplausos y cánticos en cada descanso durante la hora y 35 minutos que duró el recital.
La historia comenzó según el guión que Gonzalo había previsto, con un impresionante homenaje a la historia de la banda británcia. Con el sonido inconfundible de puesta en escena que impregna el Fucking in the bushes (sí, el tema se llama "follando en los arbustos") para saltar a la palestra y arrancar la primera euforia entre las masas ante lo que se avecinaba. Y justo a continuación, abriendo el concierto con el Rock & Roll Star ante un mar de brazos acompasándose al ritmo de los acordes que Noel se inventó hace ya unos 18 años. Después llegaron las primeras canciones del nuevo disco, titulado Dig out your soul, la excusa que servía para realizar la presente gira europea. Una presentación por todo lo alto que arrancó con el primer sencillo The shock of the lighting y al que le siguió minutos después I'm outta time.
Lo peor del concierto hasta ese momento fue la voz de Liam, más áspera que nunca rasgando el aire del Palacio a gritos desafinados que ni siquiera aportan melodía a la música, sino sólo un conjunto de alaridos rasposos que estropean la fidelidad melódica que no obstante sí logra alcanzar el grupo en cada acorde o punteo, pues es increíble lo parecido que suenan en directo respecto a la grabación en estudio. El canto (o cante) de un Liam irreconocible de pelo corto y gafas de lente redonda con ese aire a lo Risto Mejide, retorciéndose ante el micro como en él es habitual, empañó un poco el gran resultado musical de Oasis anoche y nos enseñó como sus cuerdas vocales están cada vez más machacadas por culpa del tabaco y el alcohol, una irónica premonición del tema que los de Manchester tocarían un poco más tarde: el clásico Cigarettes & alcohol, un memorable guiño a su repertorio de siempre que pasó a convertirse a eso de las diez de la noche en lo mejor del concierto hasta ese instante.
Y tras unas cinco canciones con Liam destrozándose la garganta y destrozándonos los oídos a los fans, llegó el turno de Noel con sorpresa incluída. Primero se lanzó con el Waiting for the rapture, del nuevo disco, y después contra todo pronóstico y sin rastro de trompetas de fondo como en aquella memorable noche del 96 en Maine Road; el plan maestro que se guardaban en la manga los británicos, envolviendo el ambiente de magia y de nostalgia color sepia, con esa precisosa sucesión de acordes modificados de La. Con The masterplan nos dejó boquiabiertos. Jamás pensé que llegaría a escuchar esa canción en directo, ni que esa canción en directo sonaría así de bien.
Pero las sorpresas no acabaron ahí. Algunas tan agradables como desconcertantes, tal fue el caso de Songbird, una canción menor que se inventó Liam una tarde de primavera durante una gira de la banda, en "20 putos minutos de jodida inspiración", como él mismo declaró en su momento, y que ni siquiera se atrevió a tocar a la vez que cantaba, pese a dos acordes de nada que tiene la música. Otras, sorpresas que catalogaría de desagradables, como la ausencia en el repertorio de Live forever, uno de los himnos de los años 90, o para mí la gran decepción de la noche, tristemente predecida con éxito por Gonzalo, la inexplicable ausencia de Bag it up, la mejor canción del nuevo álbum.
A todo lo anterior hay que sumar el inconfundible estilo Oasis, sin dejar de tocar temas míticos como Wonderwall, posiblemente su canción más famosa y también la más comercial; la canción por la que yo un buen día quise aprender a tocar la guitarra, o como Slide away, una de las mejores letras de amor de la historia o, por qué no mencionarlo, el Morning Glory, para mí el tema más idóneo de tocar en un concierto, el más paradigmático de lo que es una sesión de Oasis en directo, por la fuerza que tiene y por lo mucho que gusta a la gente.
A las once menos diez de la noche, se marcharon del escenario. Todos estábamos anestesiados, pero espectantes. Los vaciles constantes de los Gallagher durante toda la actuación (anunciando una canción y luego tocando otra diferente, por ejemplo) sirvieron para que está vez ninguna de las 15.000 almas que aproximadamente estábamos allí cantásemos o coreásemos para que volvieran. Sabíamos que lo harían y que al menos restaban tres temas más. Don't look back in anger y Champagne supernova estaban cantados.
Y así fue. El mejor momento del concierto llegó con el primero de ellos. Noel Gallagher será un capullo y un cretino, no digo que no, pero con una guitarra en las manos y ante tanta gente entregada es como una especie de dios. Tocó la versión acústica del mismo, en un estilo más romántico y personal, que es como yo pienso que mejor suena Don't Look back in anger, la canción que yo le cantaría todas las noches en un susurro a la mujer de mi vida antes de acostarnos. Con esa letra y sobre todo esa música, el tío hizo lo que quiso, la cantó como le dió la gana y realizó hasta tres amagos al final de la letra para que el público aplaudiera tantas veces. El auditorio coreó su nombre al final. En el fondo, Noel es Oasis.
Y finalmente, tras la de Falling down, del disco de promoción, el clásico Champagne supernova para lo que todos creíamos que sería cerrar una velada de ensueño, quizás la canción que mejor cantó Liam junto con el "Cigarettes", lo cual es mucho decir. Sin embargo, la última sorpresa estaba aún por salir a la luz, pues el concierto no acabó ni con la mítica flauta-organillo de esa melodía ni con el "we were getting high..." de su letra, sino con la cachonda I am the walrus, un tema que en realidad es de los Beatles, canción de borrachos por excelencia, que les encanta a los Gallagher y que puso el broche final con un cierto toque de humor a un enorme concierto en el Palacio de los Deportes.
En definitiva lo mejor fue el estilo Oasis presente por todas partes y esa versión de autor del Don't look back in anger magistralmente llevada por Noel, mientras que lo peor fue la voz de Liam, cada vez más lamentable, y las sonadas ausencias de Live forever y Bag it up. Y para terminar con este interminable post, si habéis tenido la paciencia de leerme hasta aquí, me gustaría sólamente haceros dos pequeñas recomendaciones. Os propongo en primer lugar que escuchéis todas las canciones del grupo que os cito en mi crónica y ya por extensión si os molan, que escuchéis todo lo que podáis de este pedazo de grupo que a buen seguro no os decepcionará. Y en segundo lugar y no por ello menos importante, no me gustaría cerrar este larguísimo texto si recomendaros visitar el MySpace de Gonzalo, Javi y Luis, que bajo el nombre de Kaufman tocan juntos y tienen canciones guapísimas en un estilo que suena de maravilla. De momento tienen grabado su primer sencillo. Entrad aquí y disfrutadlo: http://www.myspace.com/kaufmantheband