
Para Alberto, ahora mejor ciclista del mundo, la diferencia entre esa Vuelta a Asturias de 2004 y la etapa que disfrutamos ayer es como una paradoja. Por aquel entonces subiendo hacia los cielos casi le atrapa el infierno. Ayer, escalando rumbo al infierno, consiguió tocar el cielo; la gloria de los pocos elegidos que logran ganar en el Angliru. Porque eso es el Angliru: un eterno y temible infierno; el coloso de todos los puertos junto al Mortirolo. Cuando en el descenso del Cordal la desgracia recayó sobre la promesa de Igor Antón, rota su clavícula contra el guardaraíles, y el Euskaltel se desmoronó, la terrorífica ascensión fue un duelo tres para tres, cosa de los hombres del Caisse d'Epargne y de los del Astana, que hasta el momento controlaba la carrera gracias al desgaste de Kloden y de Rubiera, el más fiel de todos los gregarios. Atacó primero Valverde, enrabietado por su desastroso error del otro día, valiente junto a "Purito" Rodríguez en pos de recortar tiempo y conquistar la victoria de etapa. Eso bastó para cortar a Sastre, que a duras penas aguantaba con su ritmo diésel, y a Leipheimer, que resistió la subida a su rueda. Pero a falta de seis para meta, cuando las nubes negras del cielo tendieron su emboscada sobre los corredores y la pendiente de las rampas no bajó del 20%, ahí apareció el rey Contador, con su pedaleo alegre sobre la bici, como su mirada y su sonrisa, para atacar y marcharse en solitario entre un mar de aficionados llenos de banderas y de afán de protagonismo por salir en la tele a base de empujones peligrosos.
A golpe de riñón por la dureza de las últimas cuestas, casi como la pared de un rascacielos, Contador mantuvo su ritmo endiablado entre la niebla de la cumbre del gigante asturiano, seguido a 52" por Valverde y a un poquito más por el resto. Cuando las llamas del infierno se apagaron y la carrertera se niveló tras la cima, cuando 13 kilómetros de dolor y 40 minutos de sufrimiento tocaron a su fin, las puertas del cielo se abrieron definitivamente para él: el rey de todos los ciclistas. "Quién va?" preguntaron admirados en la línea de meta. "Yo", gritó con rabia Contador golpeándose el pecho. "El que acaba de sentenciar la Vuelta a España", pensó con euforia. Y dicho esto apuntó, apretó el gatillo y disparó al aire. Para que nadie se olvidara de su nombre, como pidió cierto día Javier Ares. Y sonriendo, siempre sonriendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario